Ucranianos utilizan espejos como nueva y contundente arma en las protestas

Así como en México, un país fuertemente patriota, en éstos días surgió la modalidad de hincarse al suelo y cantar el himno ante las fuerzas policiales cuando están a punto de reprimir, en Ucrania ha surgido otra nueva herramienta: los espejos. ¿Qué efecto puede tener en un policía que recibe órdenes de reprimir una manifestación encontrarse con su propio rostro y ver su cuerpo? Esta inquietante forma de manifestarse se ha empezado a utilizar recientemente en Ucrania.

 

La policía es quizá uno de los instrumentos gubernamentales más ambiguos de cuantos se derivan del pacto social, si bien desde una perspectiva que podríamos calificar de hobbesiana, las llamadas “fuerzas del orden” parecen necesarias para recurrir a ellas en caso de que ese orden se quebrante (por ejemplo, cuando ocurre un crimen, una agresión, etc.). En otro sentido, quizá podríamos preguntarnos por qué, en todo caso, dicha “interrupción del orden” sucede; si más bien, en el fondo, no se trata de una ilusión ideológica que el gobierno necesita para justificar su existencia y mantener su supuesto monopolio legítimo de la violencia. Con cierta adscripción a las ideas de Foucault acaso podríamos preguntarnos si ese desorden no es la condición usual y aun imprescindible que genera el propio sistema, que sólo en apariencia dice combatirlo, pues de no ser así, probablemente caeríamos en cuenta de que los policías, el gobierno, las instituciones, quizá no son tan necesarios como nos han hecho creer.

Recientemente, en Ucrania algunas de las manifestaciones que han tenido lugar en Kiev en contra del presidente Viktor Yanukovych y el mucho poder que concentra en su función, han contado con un elemento quizá inédito hasta ahora: espejos. Como respuesta a la brutalidad con que ha actuado la policía del país, participantes de estas protestas pretendieron que con este simple gesto los elementos se dieran cuenta de en qué se habían convertido, como se ha repetido en tantas ocasiones de este tipo, agrediendo al mismo pueblo del que también ellos forman parte.

En un ejercicio especulativo y de imaginación podríamos preguntarnos qué podría pasar por la mente de un policía cuando mirara su propio reflejo, su rostro y su cuerpo y, como si se tratara de un artificio mágico, de súbito se encontrara, por un lado, consigo mismo, pero también del otro lado, el de los otros que se manifiestan. Aun en su condición de simulacro, por el espejo el policía se ha convertido de pronto en parte de esa multitud estrecha que alza la voz contra un gobierno que cree injusto. Quizá, como sucedió hace poco con un policía brasileño que en un momento de catarsis, o aun de anagnórisis, dejó su arma, se avergonzó del gobierno al que defendía al obedecerlo y se unió a las protestas de sus compatriotas, ¿así también esto podría repetirse con tantos espejos como llevaran consigo los manifestantes?.

Finalmente, el ingenioso recurso de estos ucranianos recuerda la respuesta del subcomandante Marcos cuando casi por todos lados se le pedía que mostrara su rostro, como si esto fuera necesario para entablar un diálogo auténtico (o como si esa autenticidad se diera per se cuando dos rostros hablan aparentemente descubiertos). Entonces Marcos respondió de este modo:

Si quieres saber quién se esconde tras el pasamontañas, coge un espejo y mírate en él.

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